Los Amores
"...empezó con la historia de sus padres buscando la media naranja, pero recordó que al crecer le enseñaron que las naranjas ya vienen enteras..."
En la provincia de Santa Fe se encuentra el pueblo Los Amores. Un lugar de casitas bajas, todas pintadas de colores suaves y gastados por el sol para aliviar el calor del verano. En sus calurosos caminos de tierra coincidieron Adelaida Rossi, hija del panadero, y Gerónimo Peralta, albañil de profesión. Coincidieron en la parrilla de la esquina y en el mercadito de la señora Bernarda, coincidieron en la misa dominical y en el mismo santo lugar. coincidieron en casarse, ante la mirada vigilante de diez vecinos, una yegua manchada y un caballo sin brillo.
Se casaron llenos de amores, en el pueblo Los Amores. Ese era el chiste que le contaban siempre a su hijo; Julián Peralta, el mismo chiste que pasó de risas a pesares, cuando Julián lo escuchó por última vez antes de viajar hacia la capital para cumplir su deseo de formarse en letras. De antemano ya había asegurado posada y comida donde su tío Antonio Peralta. A su llegada se pusieron al día y les cayó la noche. Julián abría su ventana cada mañana, dejando pasar al insistente sol, que se ocupaba de desvanecer no solo la pintura de las casas en el alejado pueblito, sino el deseo de Julián por volver allí.
Julián con una barba recién nacida y algo tardía para su edad, se concentró como haz de luz, a través de una lupa, en la literatura del amor. Entre Erich Fromm y Julio Cortázar, entre lecturas y escritos, kilómetros de tinta gastaron el combustible del tiempo, llamadas cada vez más cortas a sus padres, viajes cada vez más esporádicos, kilómetros de ambición y deseos de contacto. Mientras se peinaba la barba pudo vislumbrar el final del camino, y junto a él, un cartel que enunciaba el título de su tesis de grado “El amar fragmentado”, y un poco más adelante, la libertad de volver a su pueblito.
Pero entre tanto escrito sobre amar, el deseo se le coló a Julián por un ojo. Se comió de lleno un párrafo de Kant como loma de burro, todo por manejar el libro con una sola mano, leyendo a toda velocidad, mientras intentaba saludar a la esbelta Anabela Komm con la otra.
Puso su tesis en práctica, empezó con la historia de sus padres buscando la media naranja, pero recordó que al crecer le enseñaron que las naranjas ya vienen enteras. Revisó los apuntes de sus primeras clases donde explicaban que no había naranjas, solo compañeros de ruta, quiso ser el compañero de Anabela, pero ella no. Así que mientras transitaba esa ruta en soledad, entendió que el amor se había accidentado, porque ahora todo eran fragmentos, de personas, de gustos, de circunstancias, de aplicaciones, de perfiles, de viajes, de deportes, de cuerpos y de otras mil cosas más que parecían conformar el amor moderno, desparramado en el pavimento.
Cansado de mil intentos, se afeitó la barba, se vistió de traje y emprendió camino. El colectivo lo dejó sobre la ruta y desde ahí caminó mil ciento un pasos para llegar hasta su casita, con cada pisada un deseo; de ver a sus padres, de Anabela, de título, de volver a casa y de volver a irse, de la persona perfecta, con los gustos precisos, con el empleo correcto, con la edad acertada, en un lugar apropiado.
Entre sorbos de mate con olor a yuyos habló sobre su tesis y las conclusiones sobre el amor, pero ahí mismo llegó la corrección, como cachetazo de albañil y pastelito de batata, sus padres le heredaron esa noche todo sobre los amores. Encontrar a la persona correcta, con mil ciento un coincidencias, no es el problema, sino ejercer la acción de amar: se puede amar todo de una persona o tan solo algo muy pequeñito.
La experiencia, hecha palabras en boca de sus amores, le llegó a ritmo de galope en el pecho, le quitó su deseo de un título a cambio de otro sin bridas, el de escuchar tanto de ellos como escuchó cinco años de facultad.
