Que lo parió
Se sonrojó al descubrir que cachucha en Argentina era una vagina y no una gorra...
El señor Fidelio se dedicó a cultivar la tierra durante toda su vida. Los límites de sus tierras se encontraban entre el pueblo y las cercas de las parcelas heredadas de sus difuntos abuelos, en un rancho sin dirección en medio de los Llanos Orientales colombianos.
Nunca conoció a sus padres, pues murieron desplazados por la violencia. Cumplió con ir a la escuela hasta el sexto año para después dedicarse completamente al arado de la tierra y al cuidado del ganado.
Una tarde cualquiera, mientras recogía las herramientas oxidadas con sus manos callosas, escuchó un auto acercándose a la propiedad. Un auto verde y viejo del que no sabía decir la marca y del cual bajaron dos extranjeros. Eran tan parecidos, que para Fidelio parecían gemelos, como los hijos de la señora Bernarda que atiende la panadería del pueblo.
Cuando los escuchó hablar notó que era imposible entenderlos. Se distraía mirando sus ojos azules y sus cabellos tan dorados como las plumas de algunas de sus gallinas. Entre gestos y muecas pudo reconocer una sola palabra. Al mirar sobre sus hombros pudo notar una nube de humo escapando del capó del auto, entonces supo que entendió bien.
Con su postura encorvada tras treinta años de cultivar la tierra y envuelto en su ruana de lana pese al calor de la tarde, hizo la seña universal para que lo siguieran. Agarró un viejo balde que tuvo mejores tiempos hace mucho y emprendieron camino por un sendero estrecho, pavimentado por pasos de jornadas interminables donde el pasto ya no crece.
Arrastraron sus pasos por varios minutos mientras el sol se iba a trabajar al otro lado del mundo, despidiéndose desde atrás del monte. Al final del camino los esperaba un arroyo de agua, en él se podían ver las piedras del fondo con total claridad. Un par de vacas bebían plácidamente y saludaron a todos con un mugido lento. Fidelio regresó el saludo emitiendo un sonido con sus labios y los extranjeros dijeron algo que no se entendió. Aunque ninguno compartía el idioma, todos lograron saludarse.
Fidelio llenó el balde mientras los ojos de los extranjeros reflejaron los últimos rayos de luz que faltaban por cerrar el día. Luego lideró el camino regresando por el sendero mientras los rubios lo seguían de cerca. Cuando volvieron al auto les pasó el balde. El más alto de ellos abrió el capó y llenó un recipiente interno del motor con el agua. El otro, sentado en el asiento del conductor, arrancó el vehículo. Entre ellos se dijeron lo suficiente como para que Fidelio entendiera que el problema estaba resuelto.
El más alto de los extranjeros se volvió hacia él y pronunció frases que Fidelio quería entender, pero no podía. Excepto el apretón de manos al final: ese sí lo conocía. Fidelio regresó el apretón con delicadeza, intentando no lastimar las suaves manos del extranjero. Hizo todo sin decir una sola palabra pero con una amplia sonrisa que le arrugó la cara más de lo habitual.
El otro extranjero se bajó del auto cargando algo en la mano. Fidelio agudizó la vista y notó que era un libro. Cuando este hombre rubio y alto quiso darle el libro a Don Fidelio (que nada esperaba a cambio), él asomó las manos desde abajo de su ruana para moverlas de lado a lado tratando de negarse, pero tanto insistió el extranjero que al final se vio forzado a recibirlo. Luego aquellos hombres volvieron a su auto verde y viejo para marcharse en la oscuridad del camino, despidiéndose cada uno con un brazo por sus respectivas ventanillas.
Fidelio volvió a la compañía regular de sus gallinas, sus vacas y los sonidos de los insectos que anunciaban la noche. Agarró el culo de una vela y se dispuso a entrar en su rancho, hecho de maderas viejas, latón y cosas recicladas. Puso la vela en la mesa del comedor con un pedazo de pan duro, una botella de aguardiente y el libro a un lado.
Términos y coloquialismos en Sudamérica, guía práctica, eso ponía el título. Se alegró al saber que aún podía leer. Comenzó a pasar las páginas, había palabras de todo tipo que lo sorprendieron gratamente. Chucho, por ejemplo, para él significaba perro, pero en otras regiones de Sudamérica la palabra era usada para referirse al frío, a una cárcel e incluso hasta Dios.
Entre trago de aguardiente y mordisco al pan, la curiosidad le abrió el apetito del conocimiento. No sabía que una misma palabra se podía entender de tantas formas diferentes. Se sonrojó al descubrir que cachucha en Argentina era una vagina y no una gorra. Se largó a reír cuando vio que la dueña del mercado, Doña Concha, era el mismo caso y que las cotorras (que para él eran pájaros hasta ese momento) ahora también eran lo que usaban las mujeres de la vida fácil en el pueblo para ganarse la vida.
Entre páginas, pan y tragos, paró en seco cuando leyó “La madre que lo parió”. Encontró los insultos propios de su región y muchos otros nuevos. Aprendió que la mujer que da vida tenía muchas combinaciones para insultar y pocas para elogiar. Recorrió el libro de arriba a abajo y no encontró nada similar para el padre, solo la palabra madre merecía ser insulto y la sección era tan larga como su ruana que casi llegaba al piso al estar sentado.
En su rostro iluminado parcialmente por lo que quedaba de la vela, intentó recordar a su madre, en cómo era, en qué le diría si estuviera viva o cómo hubiera cambiado su vida si ella no hubiera muerto. Luego pensó en las madres de otros, como aquellas que buscaban a sus hijos después de las clases en la escuela al lado de la carretera. También pensó en la señora Bernarda y sus hijos. Intentó imaginar a la madre de aquellos extranjeros, supuso que tenía que ser tan linda como una mañana fresca y soleada en el campo.
Aunque sus abuelos le dieron techo y comida, ellos se dedicaron a trabajar la tierra y nunca hubo tiempo para cruzar la calle tomado de la mano, un beso en la mejilla o un abrazo, su vida se convirtió en trabajo y nada más.
Nunca pudo cumplir el rol de hijo, pero su definición de “madre” era amor puro e incondicional. Fue así como, por primera vez, un libro lleno de palabras llevó a Fidelio, el campesino que vive en los Llanos Orientales, a llorar un río por una madre que nunca tuvo. Y a dejar de usar el insulto que creció escuchando en el pueblo siempre que había una discusión.
